El fin de semana comenzó con una sorpresa que iluminó el hogar: mi hijo llegó de imprevisto desde Madrid para pasar unos días con nosotros. Entre las conversaciones habituales sobre su vida universitaria, sus planes y su inagotable pasión por el fútbol, nos contó una historia que lo había marcado profundamente. Era la realidad de un joven marroquí, apenas de su misma edad, que había llegado a España escondido en un camión y que ahora sobrevive como puede en las calles de Madrid.
“No sé cómo puede dormir en la calle con este frío”, nos decía con un gesto de incredulidad y tristeza. Este joven, como tantos otros, enfrenta temperaturas extremas sin un techo, un hogar o una red de apoyo estable. Algunos amigos de mi hijo, en un admirable acto de solidaridad, le ofrecen ocasionalmente un lugar donde dormir, una comida caliente y una ducha. Para ellos, son gestos naturales; para él, son momentos que le devuelven algo de humanidad en medio de una vida llena de precariedad.
Esta historia personal se entrelaza con una realidad que afecta a miles de personas vulnerables, tanto inmigrantes como nacionales. Es irónico cómo en estas fechas, cuando las luces navideñas adornan las ciudades y nos sumergimos en el consumismo, recordamos de repente a los más desfavorecidos. Durante el resto del año, sin embargo, su existencia apenas ocupa espacio en nuestras mentes.
Mientras reflexionábamos sobre esta historia, no pude evitar pensar en la hipocresía que nos envuelve como sociedad. Celebramos el Día Mundial de la Infancia el 20 de noviembre, una fecha destinada a recordar que los niños son el grupo más vulnerable del mundo, mientras al mismo tiempo se mantiene la impunidad ante atrocidades como las ocurridas en Gaza. Ese mismo día, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Benjamín Netanyahu, señalándolo por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.
Sin embargo, como sucede con otros líderes responsables de genocidios, es improbable que Netanyahu enfrente justicia. ¿Cómo es posible que los tribunales internacionales, que se presentan como los garantes de los derechos humanos, permitan que estos crímenes queden impunes?
A esta indignación global se suman las inquietantes advertencias sobre el futuro. Según Naciones Unidas, las próximas generaciones enfrentan un panorama devastador. Si no se adoptan medidas urgentes, para 2050 millones de niños estarán expuestos a fenómenos climáticos extremos, desde olas de calor hasta inundaciones. Además, la brecha digital seguirá creciendo, dejando a los jóvenes de países de renta baja en una desventaja insuperable frente a aquellos que nacen en contextos más favorables.
El relato de mi hijo sobre un joven inmigrante en las calles de Madrid es un reflejo de esta desigualdad global, donde la humanidad parece tener un precio. Nos enfrentamos a una elección: seguir adornando nuestras vidas con luces y regalos vacíos o tomar acciones reales que transformen el presente y den esperanza al futuro.
La verdadera solidaridad no debería depender de la temporada. Deberíamos aspirar a construir una sociedad donde los derechos humanos no sean privilegios y donde el futuro sea un lugar mejor para todos. La conciencia, aunque no se compre ni se venda, es el regalo más valioso que podemos dar y recibir.

